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EXPERIENCIAS
Cuidados con compasión

La administración de Cuidados es esencial en la labor sanitaria. Cuidar sin compasión o con una compasión desgastada deteriora al profesional y, por extensión, puede influir en su capacidad de atención a la persona enferma.

Este apartado pretende ser un espacio para volcar las experiencias profesionales  y un rincón del estudiante que comparta sus vivencias en relación a temas como los Cuidados con compasión y la Humanización en el ámbito sanitario.

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La satisfacción de cuidar

Recuerdo los ojos de aquella chica. Una mujer de 45 años, muy guapa, tenía el pelo rubio y los ojos azules con un brillo intenso, transparentes, muy comunicativos. Ahora transmitían miedo, un terrible sufrimiento, angustia... Eran una mezcla de “¿dónde estoy? ¿qué me pasa?”  Y, “quiero salir huyendo de aquí”, o al menos eso me parecía a mí. Esto se traducía en que ésta, que debido a su alteración no podía comunicarse, no paraba quieta ni un momento en la cama. Era muy importante que guardase reposo pues tenía una herida grave en la cabeza. Había que curársela constantemente porque se retiraba los apósitos y el riesgo de infección iba en aumento. Además, presentaba incontinencia fecal o, lo hacía para llamar la atención y no quedarse sola, es difícil de valorar, había que cambiarla y limpiar ropa y cama incluida porque en su desinhibición tocaba sus propias heces y manchaba todo. Aquella noche hubo que recolocarla muchísimas veces, se quitó la sonda por la que se alimentaba, hubo que curarla cinco veces y que limpiarla otras cuatro. Mi compañera acudía constantemente e intentaba calmarla y hacerla comprender, pero ella persistía en su inquietud, en levantarse, aunque se hiciera daño…

 

Cuidar, y a la vez mantener un ritmo intenso sin capacidad de descanso, en el que se sostiene el sufrimiento del otro, sin respuesta positiva, sino una mayor mirada de horror, se hace muy complejo a veces y son múltiples los casos: acompañar situaciones de dolor físico que no cede, o de muerte de gente muy joven, de personas con las que empatizas, otras que debido a la enfermedad ya no son capaces de mostrar un gesto humano agradable sino sólo agrio, de ingratitud o de exigencia… Poco a poco, eso genera un cansancio importante, una necesidad de alejarse, de escuchar un quejido y no salir corriendo para socorrerlo, de ver a una persona enferma incómoda y sentir que no importa porque aunque la recoloques y te esfuerces en cinco minutos va a estar igual. Comienzas a poner el “piloto automático”, a desconectar del sufrimiento que produce ver al ser humano en esas circunstancias y a sentir que da igual. Esto te ayuda a estar, incluso te permite mantenerte a pie del dolor y del sufrimiento. Pero en el fondo... ¿te genera satisfacción?

 

Muchas de las personas que comienzan su camino en profesiones sanitarias se encuentran fuertemente motivadas por su ánimo de contribuir a aliviar el dolor del otro. Encontrar el reto de mantener fresca y renovada esa motivación es lo que da sentido a una labor tan intensa como esta. El objetivo de compartir esta experiencia tiene que ver con ello, es una invitación a buscar los cauces que mantienen esta vocación y la energía obtenida en la satisfacción de sentir capacidad para aliviar y sanar el dolor del otro.

 

                                                                                                                                    Enfermera

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